Lo que empezó como un concierto más terminó convertido en coronación. En plena quinta noche del Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar, Mon Laferte no solo cantó: conquistó. La chilena subió al escenario de la Quinta Vergara con un repertorio cargado de drama, bolero y garra, y salió convertida en leyenda tras recibir la Gaviota de Platino, el premio que el festival guarda solo para noches verdaderamente históricas.
Desde los primeros acordes, el ambiente se sentía distinto. Vestuario potente, interpretación al límite y esa mezcla de nostalgia y fuerza que la caracteriza. Canciones como “Mi Buen Amor” y “Amor completo” fueron coreadas a todo pulmón, como si el público quisiera empujarla directo al Olimpo del certamen. Primero cayeron la Gaviota de Plata y la de Oro, pero la gente no se conformó: comenzaron los gritos, la presión y el clásico “¡Platino, platino!” que pocas veces se escucha y casi nunca se concede.
La organización terminó cediendo ante la ovación. En medio de lágrimas y aplausos, el máximo galardón llegó a sus manos, convirtiéndola en la sexta artista en lograrlo y, además, en la más joven en recibirlo. No fue solo un premio por una buena noche, fue el reconocimiento a una relación de años con ese público que la ha visto crecer, caer y volver más fuerte.
Con esta presentación, Mon no solo sumó otro trofeo a la vitrina: firmó su nombre en la historia grande de Viña. Y dejó claro que lo suyo ya no es promesa, es legado.
















