El mundo del entretenimiento amaneció con sabor amargo. Héctor Zamorano, uno de los rostros más recordados —y paradójicamente más olvidados— de la primera generación de La Academia, falleció a los 47 años en Veracruz, lejos de las cámaras que un día lo vieron debutar. Fue el primer eliminado del reality, pero también el primero en demostrar que salir temprano no significaba rendirse. Su historia fue la de una carrera que se transformó mil veces para sobrevivir en una industria que aplaude rápido… y olvida más rápido.
Originario del puerto jarocho, Zamorano llegó al programa en 2002 con el sueño de cantar, pero tras su salida prematura tuvo que reinventarse: conductor, entrevistador, fotógrafo, creador digital, locutor y animador. Grabó música —incluido el álbum Mi sabor—, colaboró con excompañeros del show y apareció en distintos proyectos de televisión. Nada fue lineal, nada fue estable, pero siempre estuvo en movimiento, buscando su lugar bajo el reflector.

Con los años se fue alejando del ojo público. En redes sociales compartía esporádicamente fragmentos de su vida y confesiones sobre el desgaste emocional que cargaba, hablando abiertamente de depresión y del peso de sostener una sonrisa cuando por dentro todo cruje. También denunció en su momento acoso sexual en sus inicios profesionales, revelando el lado menos glamoroso del medio artístico.
Su muerte fue confirmada por excompañeros del programa. De acuerdo con testimonios, enfrentaba un padecimiento crónico y pasó sus últimos días acompañado por su familia en casa. Sin escándalos, sin despedidas televisadas, sin el ruido que suele acompañar a la fama. Así se fue uno de los nombres que marcó el arranque de una generación que cambió la televisión mexicana: el chico que salió primero del reality, pero cuya historia siguió mucho después de que se apagaron las luces del foro.
















