Mientras medio mundo insiste en vender a México como postal de balas y polvo, Salma Hayek decidió cambiar el guion. La veracruzana no solo alzó la voz durante la discusión de la nueva política cinematográfica, también puso dinero, producción y botas en la tierra: rodó su próximo proyecto entre selva, costa y sierra, apostando por contar “el México real”, ese que —dice— no cabe en los estereotipos que se exportan al extranjero.
Su nueva cinta se filmó entre Quintana Roo y Veracruz, donde el rodaje fue más aventura que glamour. Hubo locaciones tan imposibles que el equipo tuvo que construir caminos e infraestructura desde cero para llegar a una montaña “infílmable”. Nada de sets cómodos: pura terquedad productora y callo mexicano. El mensaje es claro: si nadie cuenta bien la historia, ella la produce.

Pero el movimiento no se queda en la pantalla. Hayek también metió presión política para que el cine nacional tenga oxígeno financiero. Tanto insistió que este domingo aparecerá junto a Claudia Sheinbaum para anunciar incentivos fiscales y económicos destinados a películas y series hechas en México. La idea: atraer rodajes, facilitar financiamiento y que las historias locales compitan sin pedir permiso.
Entre discursos patrióticos, apoyo de gobernadoras y alfombra roja institucional, la jugada huele a estrategia grande: menos quejas por la narrativa extranjera y más control creativo desde casa. Hayek no quiere que México siga siendo villano de utilería; quiere producirlo como protagonista. Y si para eso hay que levantar carreteras, tocar puertas en Palacio Nacional y pelear presupuesto, parece que ya se arremangó.
















